Silencio, voces y resistencia: Violencias basadas en género en organizaciones sociales de Usme

31.05.2021
15 minutos

Realizado por: Colectiva DiverGente.

Escrito por: Andrea Mateus Correa, Paula Ferro Mancipe y Karen Montenegro.

Agradecimientos: A todas las mujeres que se atrevieron a contar su historia.

Este es un ejercicio de comunicación como una acción política de apoyo y solidaridad con las víctimas de violencias basadas en género, visibilizando su versión, y nos unimos a la colectiva divergente en ese aspecto. Sabemos que no atiende a contrastación de fuentes, factores de hora y lugar ni a otros testigos porque no se pretendía revictimizar en ningún momento ni hacer vivir a estas mujeres otros perjuicios sumados a los ya acontecidos.

Un reportaje de la Colectiva Divergente en coproducción con sin comillas. Fue producido en el marco del proyecto Escuela de Medios sin comillas de La Otra Juventud, con el apoyo de Peaceworks Colombia y con recursos brindados por Forum CIV

Parte I

El 12 de Junio del 2020 fue publicada en redes sociales una denuncia por hechos de violencias basadas en género que habrían tenido lugar al interior de una organización social y política de Usme, en la que es señalado como agresor uno de sus líderes. Este acto permitió que muchas mujeres nos movilizáramos y juntáramos, para narrar y analizar nuestras propias vivencias de violencia en procesos sociales organizativos, y ser una respuesta de apoyo y respaldo para la compañera que hizo este valiente ejercicio.  

De allí nace la idea de crear este reportaje, el cual ha sido pensado y construido desde distintas voces y manos de mujeres, quienes generosamente compartieron con nosotras sus vivencias, historias y reflexiones. Recopilamos 20 historias de mujeres que lamentablemente coincidimos en la organización nombrada como Plataforma Social Usme, escenario de la denuncia mencionada previamente, y una historia más en el que es señalado a un integrante del Colectivo Surgente y el cine club Caldo Diojo para un total de 20 relatos de violencias basadas en género.

Lo que aquí encontrarán son sus palabras, sentimientos y análisis de duras vivencias de violencias basadas en género, que habrían tenido lugar al interior de dichas organizaciones, caracterizadas por ser: sociales-populares, mixtas, de izquierda y que se ubican en Usme.

Agradecemos, con todo el amor que nos es posible, a la mujer que tuvo el valor de contar su historia de manera pública, a todas las mujeres que la acompañaron y a cada una de las mujeres que hicieron parte de este proceso. ¡Ustedes son las protagonistas!

A través de este reportaje buscamos que las Mujeres y quienes vean, lean y escuchen, logren encontrar un camino para detectar y detener a tiempo posibles situaciones de violencias basadas en género en su ejercicio de participación política y comunitaria. No queremos que más mujeres pasen por esto.

Deseamos lograr que las y los integrantes de organizaciones sociales mixtas de izquierda, identifiquen estas experiencias en la vida de sus amigas, compañeras o camaradas, y puedan alzar la voz y detener estas situaciones.

Queremos motivar a los procesos sociales, tan valiosos en muchas comunidades, barrios y veredas, a que reflexionen a fondo y luchen por modificar estas prácticas tan nocivas. Perpetuar el poder de formas tan dañinas no construye nada de lo que tanto se profesa y dicen querer transformar.

Existen responsabilidades individuales, pero también colectivas. se trata de mirarse realmente, sin máscaras y sin DISCURSOS POLÍTICAMENTE CORRECTOS.

¿Se sueña con construir un país mejor para todas y todos? ¿Trabajar para transformar las indignas realidades del Sur de la ciudad? Pues hay que empezar a ser conscientes de las prácticas y pensamientos que existen al interior de los procesos sociales organizativos. Mirarse hacia dentro es urgente, esta realidad atraviesa la construcción personal, social y política de cada ser humano.

Nuestra humanidad reclama un lugar. Colombia demanda otras formas de ser mujer, otras formas de ser hombre; de reconocer la diversidad y construir espacios organizativos seguros para todas y todos.

En definitiva ¡nos hartamos! Nos hartamos de soportar en silencio esta problemática que nos compete a todas y todos. Este reportaje se sustenta en la premisa política de que lo personal es profundamente político y, por esto: le creemos a las mujeres.

¡Nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio!

Usme: una breve  mirada a las organizaciones sociales

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La baja cobertura y acceso a salud, movilidad, educación, trabajo, recreación, cultura, altos índices de violencias, inseguridad, la profunda crisis ambiental en el territorio, dada por la explotación de recursos a través de las ladrilleras, areneras, canteras, además del Relleno Sanitario Doña Juana y la pobreza, se suman a las condiciones indignas de vida, que hacen mella en la garantía de derechos humanos en el territorio.

La población juvenil, estudiantes, Juntas de Acción Comunal, madres comunitarias, campesinas/os y personas del común, de manera espontánea y voluntaria se organizan en espacios de participación social y comunitaria, que se expresan de diversas formas como parches, colectivos, asociaciones o fundaciones. En ellas se tejen propuestas desde el arte, el deporte, la educación popular, el cuidado del medio ambiente, entre otras, con el fin de hacerle frente al entramado de problemáticas sociales que configuran la realidad del territorio.

La presencia de los procesos organizativos en la localidad, determinan una oportunidad crucial para la población del territorio. Si bien las banderas de las organizaciones se alzan a favor de la igualdad y la justicia, la garantía de derechos y la promoción de la vida digna (fundamentadas en lecturas críticas de la realidad, construyendo posturas anti y contra capitalistas), las discusiones de género no son, por lo general, un enfoque o perspectiva prioritaria al interior de las agendas programáticas de las organizaciones. Esto refuerza que la representación y las decisiones organizativas, a pesar de ser organizaciones mixtas, han estado en manos de liderazgos masculinos y sesgadas por lecturas patriarcales.

Esto quiere decir la imposición de un sistema ideológico y político, donde se opone lo femenino de lo masculino y subordina todo aquello que es nombrado y asumido como lo femenino. Esta dicotomía le otorga un gran poder simbólico a todo lo que es masculino y determina cómo, desde allí, se puede ordenar el mundo, las relaciones sociales, la sociedad y los cuerpos de todo aquel o aquella que se considere inferior. 

El patriarcado lo viven en sus cuerpos tanto hombres como mujeres, pero privilegia a la figura masculina vista en los hombres. Entre tanto la estructura social y cultural legitima ejercicios de violencia contra todo lo que quiera salirse del molde: lo heterosexual, la supremacía racial ―es decir, personas caucásicas o provenientes de una cultura occidental―, el poder económico o los hombres jóvenes-adultos físicamente fuertes. Asimismo, determina cómo aquellos seres que son etiquetados como inferiores deben vivir su vida, en términos de sus habilidades, proyecto de vida, su sexualidad, entre otros. 

Entonces, a lo femenino se le impone de manera arbitraria condiciones y características como: ser un objeto de deseo y satisfacción sexual, ser obediente, ser sumiso, adoptar la monogamia, encargarse del cuidado, de las labores domésticas y de la reproducción; ocupaciones menospreciadas, pero que sabemos sostienen el funcionamiento total de la sociedad. En cambio, el modelo masculino tradicional encarna el poder económico, la vida pública, la representación pública, el dominio de otros cuerpos y territorios.

Lo anterior profundiza la discriminación y abuso hacia las mujeres y diversidades identitarias, por ejemplo, en el campo de las organizaciones sociales mixtas de izquierda. Antes de intentar construir otras realidades que den cabida a banderas de lucha que tengan en cuenta todas las opresiones, lo que importa es construir un trabajo de base para que el cuadro político haga su carrera política y llegue a algún cargo de representación importante a nivel local o distrital. 

Por lo general, estos cuadros se representan en la figura de un hombre, que se proyecta para tomar el liderazgo social y político, que tiene capacidades oratorias para dirigir y mandar, se entrena para continuar con el legado de mando y es el relevo generacional de quienes quisieran perpetuarse en el poder. En son de eso se legitiman o silencian ejercicios de violencia política, en contra de mujeres, y también de otros hombres. Hechos como alejar de la representación, toma real de decisiones, o encargar las labores logísticas y de cuidado (de todo) a las mujeres, impidiendo que avancen en su formación o proyectos personales. 

El no reconocer las ideas, aportes y capacidades de todos y todas causó daño, el no dar la posibilidad de crecimiento dentro de la organización era frustrante, el quitarnos la agencia dentro de la organización tuvo consecuencias emocionales posteriores, pues era tal la agresión en ese sentido que algunos solo servíamos para obedecer y otros para mandar. La violencia produce inseguridades y se convierte en una forma de control muy eficaz que garantiza que las cosas, roles y liderazgos se mantengan, señala Sofía. 

El cuadro se lleva el crédito por el trabajo que hacen todas y todos, y ayuda a los hombres cercanos a él a crecer y subir de mando.

Desde nuestra experiencia, y siguiendo las reflexiones de organizaciones sociales mixtas de izquierda latinoamericanas como MuMaLa (Mujeres de la Matria Latinoamericana) en Córdoba, Argentina, hemos podido confirmar como ante el llamado de mujeres con reflexión y formación feminista a incluir las discusiones de género, es común escuchar en las asambleas, cumbres, sesiones y reuniones organizativas, frases como: Los feminismos fragmentan la unidad popular compañera, o la raíz de las opresiones es el capitalismo, en ese sentido, las luchas del feminismo nunca van a ser igual de importantes que las socialistas o la  lucha de clases, si logramos derrumbarlo, el patriarcado caerá por efecto dominó

Sobre esto, el testimonio de Andrea, menciona que La formación estuvo siempre orientada a que lo primordial era combatir en una lucha de clases, y nada más. Las acciones de la Colectiva Divergente nunca tuvieron eco en el grueso de la organización. Se intentó articular y abrir espacios de discusión en temas de género, con todas las y los integrantes, pero la recepción de las propuestas no eran muy bien acogidas, aunque si eran exigidas, como un deber ser de papel.

(...) Son hombres que tienen dificultades con las mujeres que nos acercamos al tema de género o al feminismo. Casi siempre hay un tipo de rechazo a estas construcciones, porque tampoco les interesa desde su ejercicio de masculinidad acercarse a estos temas, no está dentro de sus intereses.  Y siento que un man puede no estar de acuerdo, pero debe tener un límite dentro del respeto. Porque a estos manes, aparte de que no les importa, usan frases hirientes sobre sus compañeras: esas viejas feministas son unas locas, histéricas, malgeniadas, resentidas, feminazis, según señala Isabela en su testimonio. 

Estas premisas dejan al desnudo la poca empatía ―característica fundamental de la masculinidad dominante― que sienten algunos hombres organizados que se niegan a ceder el protagonismo o privilegio de la lucha y el trabajo de base. Sus activismos barriales entretienen a las comunidades, las sujetan a estudios académicos utilitarios, como insumos preponderantes para las carreras profesionales, políticas y/o laborales de los hombres.


Estas posturas niegan tácitamente cómo el capitalismo nace y se sostiene gracias al  patriarcado. Y esto no lo decimos nosotras, lo dice la historia.
El origen del Patriarcado por Gerda Lerner


Es claro que las organizaciones revolucionarias de izquierda no son ajenas al patriarcado. En palabras de MuMaLa, Córdoba: partimos del análisis de que las organizaciones y les militantes somos parte y producto de esta sociedad eminentemente machista y patriarcal, y que, como tal, no estamos exentas/os de la reproducción de dicho modelo. Aunque se esperaría que quienes asumen la decisión de estar en una organización social nombrada de izquierda, al menos intentaran combatirlo o tan siquiera hacerlo consciente, pero la realidad muestra todo lo contrario. Como dice la Red Roja en su página Kaosenlared hay militantes que sostienen posiciones reaccionarias hacia las compañeras que buscan hacer efectivas sus exigencias como mujeres trabajadoras, en el plano laboral, cotidiano, sexual y militante.

Tuve la posibilidad de entrar a un trabajo en medio de la ejecución de un proyecto, cuando Mxxxxxxx Rxx era edil. Allí pusieron a trabajar a algunas personas de la Plataforma, entre ellas, estaba yo y estaba Vxxxxx Gxxxxxx. Vxxxxx se quejaba mucho de mi participación en ese lugar, pero dichas quejas no fueron de manera directa. (...) Vxxxxx desde su espacio privilegiado de poder (la dirección de la organización), les decía a las demás personas del espacio que yo no estaba respondiendo en el trabajo. En ese momento necesitaba mucho el trabajo, yo dedicaba la mayor parte de mi vida, por no decir toda, a la Plataforma. Tenía necesidades económicas como cualquier otra persona.

Vxxxxx no me hizo una crítica directa y, a raíz de sus comentarios, se tomó la decisión de sacarme del trabajo. No fue una decisión retroalimentada, ni me dijeron qué era lo que había sucedido. Esa fue otra experiencia dolorosa, considero que estuvo mediada por la inconformidad de algunas personas de que yo fuera la compañera de Mxxxxxxx Rxx.  Muchas veces criticaban el hecho de que no había terminado la universidad, de que mi postura era muy anarca, que yo no respetaba la verticalidad, que yo era una grosera, que yo quería construir disidencias dentro de la organización, en fin... nos cuenta Antonia en su testimonio. 

Los movimientos feministas, en estos últimos años con mayor fuerza colectiva y visibilización, han logrado instalar en las agendas organizativas y en sus propios procesos no mixtos, luchas como los derechos sexuales y derechos reproductivos, por ejemplo, desde la Interrupción Voluntaria del Embarazo como un asunto de salud pública. Han realizado un cuestionamiento al rol que ocupan los hombres que se adaptan al perfil del deber ser de los hombres, en una sociedad como la nuestra, machista y misógina.

Otros temas relevantes han girado en torno al nivel de participación dentro de las organizaciones, los cuestionamientos críticos hacia los privilegios de cada varón y los llamados procesos de deconstrucción de los mandatos reproducidos; es decir, las ideas que promueven algunos hombres afirmando que sus reflexiones los han llevado a ser hombres nuevos, que piensan su existencia fuera de lo esperado por el patriarcado. 

Sin embargo, esto funciona muchas veces como una cortina de humo y una máscara ante la presión social, sin mencionar que muchos se apropian de los discursos que el feminismo expone para legitimar sus acciones violentas, conquistar mujeres, perpetuarse en el poder, y seguir siendo el mismo hombre que disfruta de los privilegios que le otorga el sistema patriarcal.

Señala Lizeth Palacios, Licenciada en Filosofía y experta en temas de género y participación política: aunque hay un sin número de estrategias, o modus operandi que aplican y replican estos hombres en organizaciones mixtas de izquierda, como coquetear y acosar, esta el disfrazarse de hombre feminista, que es la más común ahora, decirte: ¨ay pero como así que tu no crees en la poligamia si eso es lo que ustedes profesan, eso es igualdad de género, tienes que dejarte, tienes que querer, o ¿es que tú sigues siendo una mujer chapada a la antigua que cree que el hombre es más?¨ Y te da una vuelta en términos teóricos y argumentativos para hacer este sentir influenciada para tomar decisiones respecto a tu sexualidad.  Entonces, ¿hasta qué punto accedes a una acción, a una actividad que tiene que ver con la intimidad de una manera libre?

El impacto del sistema patriarcal es amplio y complejo en diversos ámbitos sociales, por ejemplo, si revisamos la dinámica que se da alrededor de la  visibilización y denuncia de las violencias basadas en género (cuyas víctimas y sobrevivientes son las mujeres del territorio): vemos como la impunidad se eleva más allá de un 80 %. Beatríz Quintero, fundadora y Secretaria Técnica de la Red Nacional de Mujeres en Colombia, afirma que tanto los procesos de denuncia, como la ley 1257, se quedan en el papel.

Lo anterior permite inferir que el sistema de justicia en Colombia es patriarcal. Basta ver la rapidez con la que agilizaron el proceso de demanda de Ciro Guerra en contra de Las Volcánicas ―a raíz de su trabajo periodístico denunciándolo de acoso y abuso sexual―. O el juez que absolvió a Fredy Valencia, el monstruo de Monserrate, de acusaciones de abuso sexual. O como Rafael Uribe Noguera, quien violó y asesinó a Yuliana Samboní de siete años, sería beneficiado con descuentos a su condena por redención de pena por trabajo. 

¿Cuál es el mensaje de todos estos hechos? Fácil, que los hombres que encarnan en sus cuerpos el sistema patriarcal pueden utilizar todos los medios violentos posibles, y a su disposición, para buscar mantener el control y el poder que este sistema les ha dicho que pueden y deben tener. Golpean, asesinan, abusan y, en últimas, hacen lo que quieran con los cuerpos de las mujeres, niñas y niños, y no pasa nada. 

Es preocupante, además, porque este tipo de realidades le dice a otros hombres que la justicia patriarcal estará de su lado, defendiéndolos y pasando por encima de la dignidad y el valor humano de quien sea. Después de todo esto, ¿qué conclusiones puede sacar una mujer del común?

Ángela Gómez, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre y experta en temas de género, afirma que las instituciones están prolongando los ciclos de violencia. La Defensoría del Pueblo hace un llamado a humanizar las atenciones, ya que una de las tantas barreras de acceso a la justicia que deben enfrentar las mujeres que deciden denunciar violencias a través de la justicia tradicional es la constante revictimización por parte de los funcionarios que las han atendido, en especial lo manifiestan frente a las comisarías de familia.

Podría decirse que esto aplica a todo el sistema judicial pues, en muchas ocasiones, las mujeres que deciden realizar el proceso jurídico deben someterse a la burocracia infinita del sistema, y acudir a muchas instancias para que se pueda realizar el acompañamiento.

A propósito, señala el testimonio de Daniela: Después hubo más agresiones, no pude terminar la relación a tiempo, en ese proceso me dí cuenta de las agresiones que habían sucedido antes de tipo psicológico y sexual y las que siguieron sucediendo. Fue difícil cortar definitivamente con él (Wxxxxxx Sxxxxxx Hxxxxxx). Tenía miedo y él me seguía buscando, recibía llamadas y mensajes todos los días, llamaba a mi familia, no quería encontrármelo en ningún lugar, seguía buscándome para hacerme sentir culpable de lo sucedido y estaba muy afectada emocionalmente.

Así que decidí hacer la denuncia legal. Este fue un proceso completamente difícil; el encargado que recibió el caso dudó de mi palabra, tuve que pasar por medicina legal, me preguntaron mil veces cómo habían sucedido los hechos, como si estuviera mintiendo, dudaban de mi palabra, luego, me dieron la ruta del procedimiento: Medicina legal, Secretaría de la mujer, Comisaría de familia y Policía; en la Fiscalía les dije que me gustaría que tipificaran lo ocurrido como violencia de género y me dijeron que eso no existía y que era el Fiscal quien decidía cómo tipificar el caso.

La denuncia fue archivada por conducta atípica art.79 Código de Procedimiento Penal. Es una de las razones por las cuales entiendo lo desgastante que puede llegar a ser para las mujeres el proceso legal. Sin embargo, no me arrepiento de haber denunciado legalmente, ya que quedó un precedente para mí y otras mujeres. Y por eso ahora, también denunció públicamente, puesto que es fundamental contar y dejar escrito lo ocurrido, porque esto sucedió y porque me generó un sin número de consecuencias, que no se deben dejar pasar. 

Es por esto que acciones como el escrache toman tanta validez, fuerza y sentido para las mujeres. El escrache es una alternativa de denuncia que protege la identidad de las víctimas, expone públicamente al agresor, las formas y el lugar del hecho violento y busca una sanción social. Se puede hacer a manera de un comunicado escrito y ser publicado en redes sociales. 

Esta acción política tiene mayor acogida en escenarios donde el agresor ostenta poder político, económico, de representación, o hace parte de procesos o movimientos sociales, aunque no se reduce a esto. El escrache se convierte, en muchas ocasiones, en la única alternativa que tenemos las mujeres para ser escuchadas, no ser juzgadas y señaladas, para buscar acciones de reparación y no repetición. Como ya lo vimos, el nivel de impunidad en este país es extremadamente alto. 

Entonces, mientras el sueño revolucionario avanza, en espacios organizativos con otros jóvenes que también sienten la crueldad de la realidad, nos damos cuenta que ese espacio con el que soñábamos y nos formamos era un espacio inseguro. 


Las estructuras de opresión y el agresor del que buscamos protegernos allá afuera, estaba ahí a nuestro lado, nombrándonos como su compañera de lucha, su camarada.


Al interior de las organizaciones sociales mixtas de izquierda también hay hombres perpetradores de maltrato, abuso sexual, discriminación, violencias basadas en género, complicidad y abuso de poder, hechos que precisamente pretenden denunciar desde el trabajo político y comunitario.

El incremento de denuncias sobre violencias basadas en género son solo la muestra de una problemática que ha permanecido en la sombra y el silencio, esto no significa que hasta ahora incrementen los casos. No. Significa que más mujeres están tomando fuerza para denunciar públicamente. Esto ha hecho que ejercicios de denuncia como el escrache, empiecen a verse negativamente, induciendo aún más al silencio y al señalamiento de las mujeres. Están en son de una cacería de brujas, dicen algunos hombres, buscando deslegitimar cualquier acción de resistencia y respuesta a la violencia.

Muchas veces las mujeres no somos conscientes de que nuestros cuerpos han sido violentados; otras veces, el poder que ostenta el agresor es tan fuerte, que logra consolidar una complicidad perfecta para callar el asunto y silenciarnos. Lo peor es que en ciertos casos logran hacernos sentir responsables del hecho violento y empezar a construir en nosotras sentimientos de inferioridad y baja autoestima que acarrean diversas repercusiones psicológicas. Una de las razones se basa en el imperativo: salvar la imagen de la organización a cualquier precio.

Cuenta Sofía en su testimonio En varias ocasiones fui agredida físicamente. La primera de ellas sucedió una noche en la que ambos estábamos borrachos. Por un tiempo justifique su agresión, mentí a mi círculo cercano para que no conocieran lo que pasaba al interior de mi relación. Luego, cuando logré entender que esta agresión física era violencia, reporto lo sucedido a la coordinación del espacio y la respuesta fue nula, ahí comprendí que no podía contar con ellos ante cualquier otro episodio violento. Por un tiempo no me agredió físicamente, pero las agresiones volvieron y sucedían sobretodo cuando estaba borracho, eran zarandeadas, tomadas del brazo con fuerza y humillaciones. Como respuesta a esto, alguna vez le respondí de manera agresiva.

La violencia de los hombres hacia nosotras en muchos casos se legitimaba de acuerdo con la posición política de ellos, si yo me quejaba de su maltrato no era escuchada, porque él era así y sus conductas eran validadas por la colectividad, aunque mucha gente sabía cómo era él con sus compañeras. La falta de apoyo y solidaridad no me permitían salir del maltrato en el que estaba. 

Las manifestaciones en contra de la violencia se ven también como un obstáculo que frena los procesos organizativos, la lucha revolucionaria y lo que aparentemente importa, que es la lucha social anticapitalista. Un hecho que daña la imagen del caudillo que ostenta el poder y, supuestamente, es el alma de la organización, negando los aportes de quienes integran la organización.

La violencia se silencia y camufla, pues como lo menciona Isabela, solo importa que el trabajo continúe, que la imagen del líder y la organización se mantenga, así implique pasar por encima de la dignidad y el valor humano de las mujeres: No volvimos a hablar del tema, y yo no quise prestarle mucha atención, porque lo importante siempre en este y en todos los casos, es la organización.

Posterior a ese suceso nuestra relación cambió mucho, nunca más quise estar en espacios sola con él. En ocasiones hacían reuniones en su apartamento y yo siempre llegaba tarde para evitarlo. Él me decía: vamos a mi apartamento, y era un NO rotundo, era un NO de salir corriendo. 

Yo sentí un castigo en lo organizativo por no haber accedido a tener sexo ese día, el único momento que tuve valor después de tantos años con la misma historia de decir NO.  En lo organizativo se empezó a poner en cuestión lo que yo decía o hacía (esta situación se venía presentando pero en ese momento era más visible), él me interpelaba frente a las personas, se burlaba de mis decisiones, y hacía que los demás desconfiaran de mí. Yo sentía que le tenía menos paciencia, que no quería verlo, no quería hablar con él.

Según Ana M. Cruz, psicóloga y magíster en Estudios de Género, en el marco de las organizaciones sociales mixtas de izquierda, este tipo de violencias expresa una premisa muy clara, el poder que ostenta un sujeto puesto en el cuerpo de las mujeres, su finalidad es mantener el poder, marcar los límites permitidos para nosotras, nterioriza frases como: yo avanzo sobre tu cuerpo, porque yo mando. Las mujeres agredidas crean un estigma en sí mismas, ya no son vistas como una interlocutora válida, las burlas, chistes, rumores y revictimizaciones son solo algunas de las cargas que deben soportar en sus círculos sociales más cercanos.

Sin lugar a dudas, esta problemática sienta sus raíces en la estructura cultural y social del país, de acuerdo con Lizeth Palacios: Pensar que una organización política, por lo menos en este país, no esté atravesada por la violencia de género, es casi una ficción. Y esa es la vieja, la presente y la futura realidad si se mantienen las estructuras orgánicas de la misma manera que se han pensado. Muchas organizaciones actuales, vienen de una tradición política, ya sea de izquierda o de derecha, basadas en unos principios y en unos valores que no nos incluyen, ni a las mujeres, ni a lo que sea considerado como lo feminizado, o lo subordinado, inferiorizado, etc.

Una cosa es que las personas busquen paz, quieran la paz de manera genuina, con unos discursos que vayan en contravía de lo que ha postulado (por ejemplo, la derecha), pero eso es diferente a que esos mismos discursos incluyan discursos de enfoque diferencial o sean escenarios que realmente evalúen la posición de clase, de raza, de género. Es un contexto que, en efecto, desdibuja mucho las reivindicaciones particulares y promueve que se enuncien  reivindicaciones generales que deben superar aquellas que tenemos, por ejemplo, las mujeres. Entonces el feminismo suele verse capturado por reivindicaciones aparentemente mayores. Y por eso el feminismo y las feministas, nos vemos enunciadas y descritas como el enemigo al interior de muchas organizaciones políticas, por lo menos en el país.

Si bien las violencias basadas en género están compuestas por una amplia gama de violencias ―y no es correcto jerarquizar una ante la otra, ya que todas tienen impactos particulares, llegando a ser una constante que exista una combinación de varios tipos de violencias―, es importante destacar cómo se desarrolla la dinámica de violencia sexual en el territorio. Según datos de la Defensoría del Pueblo, en relación a violencias en contra de la mujer, del 1 de enero al 31 de octubre 2018 se atendieron 1.963 mujeres y personas con orientación sexual e identidad de género diversa; de los cuales 1.099 casos corresponden a violencia psicológica, 824 a violencia física, 501 a violencia económica, 449 a violencia sexual y 332 a violencia patrimonial.

De acuerdo a datos de la Secretaría de Salud Distrital, en el año 2019 se notificaron 8.474 casos de violencia sexual, un 18,4 % más que el año anterior. En el 81,8 % las víctimas fueron mujeres y el 18,2 % hombres, mostrando una relación 4 a 1, es decir, por cada 4 mujeres agredidas, violentan un hombre. Ahora, según datos del Observatorio de Mujeres, Equidad de Género de Bogotá, la dinámica de violencia sexual en las localidades que componen la Media Luna Sur, es:

Las cifras muestran no solo un aumento en los casos reportados sino, además, un gran vacío de información; no sabemos si alguna de las mujeres que denunció vivió este episodio al interior de la organización social de la cual hacía parte. Este tema no existe en cifras. Es posible obtener datos de las agresiones de las cuales son víctimas las mujeres por su trabajo como lideresas sociales y en el marco del conflicto armado del país, pero violencias dentro de sus espacios organizativos no.

Con todos estos elementos expuestos, se hace más imperioso seguir investigando y analizando estas dinámicas como mujeres de barrio que habitamos el Sur de la ciudad y estuvimos, o estamos vinculadas, a organizaciones sociales mixtas de izquierda con presencia en la Media Luna del Sur.

Espere la segunda entrega de este reportaje en la que expondremos los tipos de violencias basadas en género, que se dan en este contexto, a la luz de los testimonios que hemos recopilado.


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